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Resiliencia o antifragilidad del Sistema. ¿Qué impacto tiene en las empresas?

By 27 julio, 2020 No Comments

Cuando evaluamos nuestra empresa y su rendimiento lo solemos hacer siempre únicamente con parámetros de esta, con datos internos. Sus activos, su talento, sus deudas, sus clientes, sus pedidos, etc. Sin embargo, cuando ocurre algo tan disruptivo como la actual pandemia nos damos cuenta de que hay una variable no contemplada y esencial para el resultado, lo que en Física se denominaría una “variable oculta”, la interdependencia. Somos interdependientes, hasta grados que no somos realmente conscientes, de todo un entramado económico y social que sustenta nuestra actividad. Somos frágiles como entidad porque también el sistema donde estamos inmersos es frágil.

La antifragilidad es la que permite prosperar a través de los shocks

En 2012, Nicholas Taleb, ese creador de conceptos que alcanzan fácilmente el éxito (como el anterior de “cisne negro” en 2007) introdujo el término “antifragilidad” (en su libro “Antifrágil: las cosas que se benefician del desorden”. Nov 2012) y lo diferenció del término más usado de: resiliencia. La resiliencia es la resistencia, la supervivencia a los shocks, sin embargo, la antifragilidad es la que permite prosperar a través de ellos. Los dos son términos propios de los sistemas más que de las entidades individuales. El caso más claro es la Evolución. Sometida a todo tipo de incertidumbres y condiciones externas adversas las entidades individuales, las especies, pueden desaparecer y fracasar, pero el conjunto, el sistema de seres vivos avanza y prospera. El sistema evolutivo ha demostrado ser antifrágil.

 

Llegados a este punto toca preguntarse, ¿es nuestro sistema económico antifrágil? La respuesta es claramente que no, visto el alto impacto económico, un récord histórico, de una crisis sanitaria que había tenido precedentes hace años en el SARS 2 o en el ébola, aunque, es verdad que nunca con este alcance mundial. Por estos antecedentes y esta falta de sorpresa es por la que el propio Nicholas Taleb insiste en que la crisis del COVID-19 no se puede considerar un “Cisne Negro”. La pregunta entonces es ¿podemos tener esperanzas en que va a cambiar el sistema actual?

En la página del World Economic Forum encontramos un artículo que comienza así: “Ninguna pandemia de la Historia ha acabado sin provocar grandes transformaciones en la sociedad, economía, política y las ideologías y, por ende, en nuestra forma de vida”. Así es, la Peste Negra del siglo XIV fue un golpe mortal para el sistema feudal y facilitó el crecimiento del poder de las monarquías y el surgimiento de las naciones europeas. Por su parte, la “peste antonina” del siglo II aceleró el declive del imperio romano y su profunda crisis en el siglo III. Sin embargo, no todos los cambios que se introdujeron fueron negativos, es el caso del declive del sistema feudal o la mejora del sistema sanitario y de la acción política frente a las pandemias que se derivó de la crisis de la “gripe española” de 1918.

Ninguna pandemia de la Historia ha acabado sin provocar grandes transformaciones

¿Qué elementos positivos hemos visto en esta pandemia? En primer lugar, que la etapa que habíamos pasado había sido de una década de extensión del uso de las tecnologías en la sociedad, pero de un modo más cercano al ocio que al negocio. La pandemia ha hecho que hayamos aprendido a exprimir la potencia de toda esta tecnología acumulada. Nos ha demostrado que es capaz de sustentar gran parte del trabajo a distancia, educar también a distancia y mantener la relación, disminuyendo las angustias del aislamiento en las familias dispersas. La tecnología y su capacidad transformadora de la sociedad ha salido reforzada. Por otra parte, la pandemia ha puesto en el punto central del debate a la Sanidad y la Educación, dos pilares de la sociedad del bienestar que estaban algo olvidados en medio de otras consideraciones más superficiales. ¿Y qué decir de la Ciencia? Olvidada, maltratada en los presupuestos y en su prestigio social, es hoy la ÚNICA salida posible a este problema.

En el caso de las empresas, es cierto que ahora son mucho más conscientes de la necesidad de diseñar sus procesos de decisión para la resiliencia y la antifragilidad. Lo esencial sigue siendo la inteligencia empresarial y sobretodo la agilidad para actuar evaluando los riesgos y sobretodo vislumbrando las nuevas oportunidades mucho antes que los competidores. El actual pudiera ser el escenario perfecto para que los pioneros tomen la delantera, implementen su concepto de futuro y moldeen el entorno.

Somos frágiles como entidad porque también el sistema donde estamos inmersos es frágil

La colaboración con otros actores es un camino a explorar que podría ofrecer buenos resultados. Y las plataformas digitales son un claro ejemplo de ello, porque aprovechan las capacidades individuales, suman activos y aumentan la fortaleza de todos los jugadores. Los ecosistemas son en sí mismos un abanico de posibilidades y esto es un seguro natural contra la incertidumbre. Por otro lado, los gastos se minimizan y rentabilizan procesos desde la innovación hasta la logística. Es cuando esta interdependencia de la cual hablábamos al principio se transforma de debilidad en fortaleza.

De cuánto aprendamos, de cuanta innovación introduzcamos en el nuevo sistema dependerá la fortaleza de este frente a nuevas crisis y, por tanto, también la fragilidad o no de nuestras empresas. En Interacso estamos muy interesados en participar de estos cambios. Conocemos la tecnología digital, tenemos los procesos de innovación, ecosistemas y sabemos cómo activarlos trabajando al lado de nuestros clientes y aspiramos a ser uno de esos factores de cambio que fortalezcan a las empresas y al sistema. Queremos ser un factor de antifragilidad y cada día trabajamos en ello.